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Poética del lápiz, del papel y de las contradicciones | CCCB LAB
"Reflexiones de un escritor que transita entre el medio analógico y el digital, entre lo material y lo virtual."



"Aprendimos a leer en libros de papel y nuestros recuerdos yacen en fotos ampliadas a partir de un negativo. Actualmente vivimos en un entorno digital repleto de promesas y ventajas, y aun así parece que nuestro cerebro reclama dosis periódicas de tacto, artesanía y materia. El escritor Jorge Carrión reflexiona sobre este tránsito contradictorio entre un medio y otro: desde la firma de un libro garabateado o las lecturas repletas de anotaciones, hasta la necesidad de esbozar ideas con un bolígrafo o dibujar para observar y comprender, pasando por el móvil usado para tomar notas o fotografiar citas.

Hoy, en un avión que, a pesar de ser low cost, atraviesa el océano, leo estos versos en un librito extraordinario: «Escribo a mano con un lápiz Mongol Nº 2 mal afilado, / apoyando hojas de papel sobre mis rodillas. / Ésa es mi poética: escribir con lápiz es mi poética. / […] Lo del lápiz mal afilado es indispensable para mi poética. / Sólo así quedan marcas en las hojas de papel / una vez que las letras se borran y las palabras ya no / se entienden o han pasado de moda o cualquier otra cosa.»

Ayer, minutos antes de que empezara la conferencia que tenía que dar en Buenos Aires, una anciana se me acercó para que le dedicara su ejemplar de Librerías. Lo tenía lleno de párrafos subrayados y de esquinas de página dobladas («cada librería condensa el mundo», yo siempre pensé lo mismo, sí, señor), de tarjetas de visita y de fotografías de librerías («este folleto de Acqua Alta es de cuando estuve en Venecia, un viaje muy lindo»), de recortes de diario («mire, la nota de Clarín que habla del fallecimiento de Natu Poblet, qué tristeza») y hasta de cartas («ésta se la escribí a usted cuando terminé su libro y de pronto me quedé otra vez sola»). No es mi libro, le respondí, usted se lo ha apropiado: es totalmente suyo, le pertenece. De perfil el volumen parecía la maleta de cartón de un emigrante o los estratos geológicos de un acantilado. O un mapa impreso en 3D del rostro de la anciana.

La semana pasada, en mi casa, leí este pasaje luminoso de Una historia de las imágenes, un librazo extraordinario de David Hockney y Martin Gayford publicado por Siruela:

En una fotografía el tiempo es el mismo en cada porción de su superficie. No así en la pintura: ni siquiera es así en una pintura hecha a partir de una foto. Es una diferencia considerable. Por eso no podemos mirar una foto mucho tiempo. Al final no es más que una fracción de segundo, no vemos al sujeto en capas. El retrato que me hizo Lucian Freud requirió ciento veinte horas de posado, y todo ese tiempo lo veo en capas en el cuadro. Por eso tiene un interés infinitamente superior al de una foto.

Hace unos meses, en el AVE que une Barcelona con Madrid, leí un artículo sobre una tendencia incipiente: ya son varios los museos del mundo que prohíben hacer fotografías durante la visita; a cambio te regalan un lápiz y papel, para que dibujes las obras que más te interesen, para que en el proceso de la observación y de la reproducción, necesariamente lento, mires y pienses y digieras tanto con los ojos como con las manos.

Vivimos en entornos absolutamente digitales. Producimos, escribimos, creamos en teclados y pantallas. Pero al principio y al final del proceso creativo casi siempre hay un esquema, unas notas, un dibujo: un lápiz o un bolígrafo o un rotulador que se desliza sobre pósits o sobre hojas de papel. Como si en un extremo y en otro de lo digital siempre hubiera una fase predigital. Y como si nuestro cerebro, en un nuevo mundo que –como explica afiladamente Éric Sadin en La humanidad aumentada– ya se ha duplicado algorítmicamente, nos reclamara dosis periódicas de tacto y artesanía y materia (infusiones de coca para combatir el mal de altura).

Hace dos años y medio, tras mi última mudanza, pasé un rato hojeando el álbum de fotos de mi infancia. Aquellas imágenes envejecidas y palpables no sólo documentan mi vida o la moda o las costumbres de los años setenta y ochenta en España, también hablan de la evolución de la fotografía doméstica y de los procesos de revelado. Tal vez cada foto sea solamente un instante (un instante sin una segunda oportunidad, sin edición, sin filtros, sin anestesia), pero las páginas de cartulina, las anotaciones manuscritas en rotulador negro o en boli Bic azul, los cambios de cámara o las impresiones en brillo o en mate crean un conjunto (un libro) en el que la dimensión material del tiempo se puede reconstruir y tocar, elocuente o balbuciente, nítida o desdibujada, como en un yacimiento arqueológico. O como en un mapa impreso en 3D de mi futuro envejecimiento.

Hoy, ahora, acabo de leer este librito extraordinario, el poemario Apolo Cupisnique, de Mario Montalbetti, que han coeditado en Argentina Añosluz y Paracaídas. Y lo cierro, con versos subrayados, páginas con la esquina doblada, la entrada de un par de museos porteños y un lápiz de Ikea que probablemente también se quede ahí, para siempre secuestrado. Y en el avión low cost empiezo a escribir este texto gracias a mi teléfono móvil, porque no soy (no somos) más que un sinfín de contradicciones. La cita de Montalbetti la copio directamente del libro, pero para la de Hockney tengo que recurrir a la foto que hice de esa doble página la semana pasada. A la izquierda el texto, a la derecha el retrato que le hizo Freud. La foto del retrato. Se pueden ver, en efecto, las capas dinámicas que dejaron en la pintura las ciento veinte horas inmóviles. Con el dedo índice y el pulgar amplío sus ojos y durante un rato –en la noche que se disuelve en jet lag– nuestras miradas se encuentran en la pantalla sin estratos."
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may 2018 by robertogreco
David Hockney, Contrarian, Shifts Perspectives - The New York Times
Mr. Hockney’s new paintings are riveting in their spatial distortions. A born colorist, he’d rather be a Cubist.
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december 2017 by brendanmcfadden
Austin Kleon — John Holt, How Children Learn Children do not...
"After I re-read that section, I was reminded of Laurence Weschler writing about David Hockney, and how “interest-ing” for Hockney is a verb: it is the continual projection of interest. (The more you look at something, the more interesting it gets.) This was certainly the case with me after I started reading this book, and Holt in general: I, who felt like a somewhat enlightened parent, started noting all the ways I wasn’t paying attention to them, and over time, they have become more interesting to me, not because I’m doting on them more, or even spending more time with them, but because I am looking at them like little scientists, or just little people, who are worthy of interest. (It sounds so stupid: of course a parent should find their kids interesting, but think about how many parents and teachers and adults you know — maybe including yourself — who, secretly, probably don’t.)

Holt’s work has really shaken me up, blown my mind, and given me a different way of thinking about my kids. Some of my favorite bits, below."
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july 2016 by robertogreco
The Web’s Grain by Frank Chimero
"We’re building edgeless environments of divergency. Things are added in chaos, then if successful, they expanded further and further out until they collapse and rearrange. This is probably why responsive design feels so relevant, maddening, and divisive: its patterns mimic the larger patterns of technology itself.

What we build is defined and controlled by its unresolvable conflicts. In responsive design, it’s the text and image conundrum I showed earlier. In other, more grand arenas, there is capital versus labor, or collective control versus anarchic individualism. In technology, I believe it comes down to the power dynamics of convenience. To create convenience—particularly the automated convenience technology trades in—someone else must make our choices for us.

In other words: the less you have to do, the less say you have.

Up to a point, swapping autonomy for ease is a pretty good trade: who wants run the math on their accounting books or call the restaurant to place a delivery order? But if taken too far, convenience becomes a Trojan Horse. We secede too much control and become dependent on something we can no longer steer. Platforms that promised to bring convenience to a process or intimacy to a relationship now wedge themselves into the transaction as new middlemen. Then, we’re left to trust in the benevolence of those who have the power to mold our dependencies. Citing a lot of the concerns I mentioned earlier, those people are less responsible and compassionate than we had hoped. In pursuit of convenience, we have opened the door to unscrupulous influence.

You could say that our current technological arrangement has spread out too far, and it is starting to look and feel wrong. Fortunately, we can treat this over-expansion just like everything else I’ve mentioned. We can draw a line, and create a point of reassembly for what we’ve made. We can think about how to shift, move, and resize the pieces so that they fall back in line with our intentions. This power is compounded for those of us who make this technology.

But this is not a technological response. It is an explicit act of will—an individual’s choice to change their behaviors about what to use, where to work, what to adopt, what to pay attention to. It is simple mindfulness, that thing which needy technology makes so hard to practice. And it starts with a question: what is technology’s role in your life? And what, really, do you want from it?

As for me? I won’t ask for peace, quiet, ease, magic or any other token that technology can’t provide—I’ve abandoned those empty promises. My wish is simple: I desire a technology of grace, one that lives well within its role.

How will we know that we’re there? I suppose we’ll look at what we’ve built, notice how the edges have dropped away, and actually be pleased it looks like it could go on forever."
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march 2015 by robertogreco
How the iPhone and iPad transformed the art of David Hockney - Los Angeles Times
"He also loved the mobility. When the iPhone, with its brushes app, was released, Hockney was enthusiastic, making sketches with his thumbs. But when the iPad came out, with its larger screen, he got one right away.

It was bigger, but it still fit into the pockets he had sown into his jackets for his sketchbook. And now, when he traveled out doors and was inpired to make a sketch, he no longer needed to lug around boxes of drawing pencils and paints."

[See also this quote from Austin Kleon's Steal Like An Artist: 10 Things Nobody Told You About Being Creative:

"Artist David Hockney had all the inside pockets of his suit jackets tailored to fit a sketchbook. The musician Arthur Russell liked to wear shirts with two front pockets so he could fill them with scraps of score sheets."

That quote comes via https://www.flickr.com/photos/russelldavies/16601707876/ ]
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march 2015 by robertogreco

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